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Tracol, Henri

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La llamada de G. I. Gurdjieff

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Fragmento del libro / Págs 55 – 57

No soy un escultor profesional: no he sido alumno de ninguna escuela de Bellas Artes ni nada semejante; ni siquiera he asistido a “cursillos de formación”. A lo más, he recibido consejos expertos de amigos escultores que me han alentado a seguir lo que al fin y al cabo puedo llamar vocación.

Lo que sí es cierto es que tengo el mayor respeto por el oficio, por sus reglas, sus normas, sus exigencias –y por la herramienta, la maquinaria, etc.– y ante todo, claro está, por el material, por la materia misma, que de ninguna manera se trata de violar, de destruir, de aniquilar, sino muy al contrario, de traer a la vida, a su propia vida.

¿Qué querrá decir ese bloque de piedra, inerte, mudo? Es como si me estuviera esperando para ir, a través de mí, al encuentro de su propia forma. Y al hacerme esta pregunta, otra pregunta resuena en mí, forzosamente: me pregunto lo que “querré decir yo”, qué sentido tendrá mi presencia en la tierra, qué sentido puedo hallar en esta presencia desconocida, en este desconocido que soy.

P. : ¿Luego puede decirse que el arte es conocimiento de sí, y también que el conocimiento de sí es un arte?

H.T. : Indiscutiblemente. Es un arte que tiene sus leyes, unas leyes que no se pueden infringir.

Pero soy sistemáticamente antisistemático: siempre tengo cuidado de no dejarme coger en la trampa de “creer comprender”, con el pretexto de que he atrapado al vuelo ciertas proposiciones, que se presentan de manera muy coherente, pero eluden la experiencia.

Precisamente creo que lo más importante en ese terreno es entrar en experiencia, sentir que uno mismo es esa materia, sobre la cual obran fuerzas de todas clases, con relativa independencia. ¿Qué es lo que me permite, en cierto modo, ser el escultor de mí mismo? ¿Qué es lo que me permite, en todo caso, cooperar con las fuerzas que me modelan? Si no lo hago, dejo que las fuerzas actúen, haciendo de mí lo que quieran, por decirlo así.

Y sin embargo, algo en mí siente una llamada: soy de esos seres que son como incitados a tomar parte en su propia formación. Y esto es acaso lo que más suscita mi interés, no un interés intelectual, sino un interés mucho más escondido, cuya fuente es mucho más honda, por un conocimiento de sí a través de la experiencia del arte.

P. : Justamente ese conocimiento de sí, ese sumergirse en la experiencia que usted acaba de describirnos, ¿cómo ponerlo en relación con lo que yo llamaría teoría del conocimiento? ¿Cómo situarse?

H.T. : ¿Cómo situarse? Quizá no baste con una vida entera. Pero es posible buscar, buscar honradamente. Todo lo que pueda asemejarse a una proyección de lo que a uno le parece haber comprendido leyendo libros o escuchando a los “entendidos”, es hacer trampa. Necesito sentir que me concierne directamente, tenga o no tenga relación con un intento de escultura; es una cosa a la que me entrego muy directamente, una y otra vez. Procuro disponerme de tal manera que tenga cierta conciencia de las fuerzas que me atraviesan, para comprender mejor su dirección y su orientación, para adaptarme mejor a ellas, tratando de ser mejor instrumento, y un instrumento consciente.

Ahí es donde vuelve a surgir el misterio: ¿cómo ser un instrumento consciente de las fuerzas que pasan por mí, que me determinan? ¿Cómo ser un obrero de esa obra que se está haciendo, a sabiendas, y con un comienzo de autonomía, con algo que de veras me obliga a intentar percibir lo que mejor corresponde a lo que estoy llamado a ser por mí mismo?

Desde la adolescencia me persigue una frase, que resuena como un eco a lo que he tratado de expresar. Es una frase de Elie Faure:

El único hombre que aumenta la masa espiritual humana es el que tiene la fuerza de llegar a ser lo que es.

Información adicional

Peso 0.71 lbs
Páginas

279

ISBN

980-6404-02-5

Autor

Henri Tracol

Edición

1era

Colección

Ganesha

Dimensiones

14,5 X 21 cm

Encuadernación

Rústica

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